"UT DOMUS MEA IMPLEATUR"
(Para que mi casa se llene) - Lc 14, 23
EL CUIDADO Y EL AMOR POR NUESTRAS
PARROQUIAS
Querida Diócesis de Roma, con inmensa alegría y
esperanza, en este tiempo de gracia, quiero brindarles esta Carta Pastoral que
nace de una profunda inquietud por aquello que nos une, nuestras parroquias. Al
asumir este ministerio como Obispo Auxiliar, mi mirada se posó con gratitud en
cada una de las edificaciones que, a lo largo y ancho de nuestra comunidad, dan
testimonio de que Dios habita entre nosotros.
Es cierto que nuestra realidad se manifiesta a través
de bloques, y de un entorno digital. Sin embargo, como nos enseña la milenaria
tradición de la Iglesia, lo que importa es el sentido de pertenencia, la
grandeza y el amor que se esconden detrás de cada muro. No estamos simplemente
ante construcciones virtuales; estamos ante la materialización de un sacrificio
espiritual. "La mies es abundante" (Lc 10, 2), y hoy esa mies se
extiende también por estos nuevos continentes digitales donde estamos llamados
a ser obreros incansables.
1. El sentido de pertenencia: La parroquia
como hogar de la comunidad
La parroquia es, ante todo, la "casa de la
familia de Dios". En las enseñanzas de nuestro Santo Padre Pío, se nos
recuerda constantemente que la Iglesia es un cuerpo vivo. Cada vez que entramos
a nuestras parroquias en el entorno digital, debemos sentir que ese suelo es
sagrado porque representa nuestra identidad. No es un lugar de paso, es el
lugar del encuentro. El sentido de pertenencia nace de entender que cada bloque
puesto en el altar, cada campanario y cada espacio, cuenta nuestra historia de
salvación. "Ustedes son el cuerpo de Cristo y cada uno es un miembro de
él" (1 Cor 12, 27). Por tanto, amar la parroquia es amarnos a nosotros
mismos como comunidad. Cuando descuidamos el templo, descuidamos el vínculo que
nos une. La grandeza de nuestras edificaciones no reside en su tamaño, sino en
la capacidad que tienen de acogernos y hacernos sentir que somos parte de algo
mucho más grande que nosotros mismos: la Iglesia Universal. Siguiendo las
directrices luminosas del Sacrum Concilium Paulinum, debemos comprender que
nuestra misión principal en este espacio es irradiar la gloria de Dios. Cuando
un hermano nuestro entra a uno de nuestros templos, debe sentir de inmediato
que ha llegado a casa. Debe percibir el calor de una comunidad que lo abraza y
la majestad de un Dios que lo trasciende. Este sentido de pertenencia no surge
por arte de magia; se cultiva a través del cuidado meticuloso que dedicamos a
nuestros espacios sagrados
2. La preservación de la belleza litúrgica
frente al subjetivismo
Uno de los mayores desafíos que enfrentamos es la
tentación de construir o modificar nuestros templos según nuestro gusto
personal o las frivolidades del momento. Debemos recordar que nuestras
parroquias no nos pertenecen de forma individual; son un legado de fe que
debemos custodiar. La liturgia tiene sus propias leyes, que no son caprichos,
sino formas de proteger el misterio. Preservar la belleza litúrgica significa respetar
las proporciones, el lugar central del sagrario, la dignidad del altar y la
armonía del conjunto. No construimos para que nos guste a nosotros, sino para
que la arquitectura misma alabe a Dios. Como decía el profeta Ageo, "Vayan
a la montaña, traigan madera y edifiquen la Casa; yo me complaceré en ella y
seré glorificado" (Ag 1, 8). Esa gloria se manifiesta cuando respetamos lo
que las iglesias representan espiritualmente, evitando que el subjetivismo
degrade la nobleza de nuestros espacios sagrados.
El decreto conciliar sobre la Sagrada Liturgia,
promulgado en nuestra comunidad, establece con absoluta claridad que la
liturgia es la cumbre a la cual tiende toda la actividad de la Iglesia y, al
mismo tiempo, la fuente de donde mana toda su fuerza. En este contexto, la
arquitectura de nuestras parroquias debe estar al servicio del misterio
litúrgico. No somos dueños de la liturgia, somos sus humildes servidores y
custodios. Por lo tanto, el diseño de nuestros altares, la ubicación del ambón,
la presencia destacada del sagrario y la utilización del arte sacro no pueden
dejarse a la improvisación. Todo debe estar ordenado a facilitar la adoración y
a reflejar la majestad divina. El Sacrum Concilium Paulinum nos ha advertido
sobre los peligros de alterar los ritos y de introducir elementos profanos en
nuestras celebraciones. De la misma manera, no podemos introducir en la
arquitectura de nuestras parroquias elementos que distraigan del misterio
central de nuestra fe.
3. El pensamiento sacerdotal
El presbítero como custodio fiel y alma del templo
parroquial. Para profundizar en esta reflexión, es necesario que volvamos
nuestra mirada hacia la esencia misma de la vocación sacerdotal, la cual no
puede entenderse desligada del cuidado de la Esposa de Cristo, que se
manifiesta de forma concreta en la parroquia. Como nos enseña el apóstol San
Pablo en su primera carta a los Corintios, (1 Corintios 4:1), “Que los hombres
nos tengan por servidores de Cristo y administradores de los misterios de Dios”.
Esta administración no es solo de índole espiritual o sacramental, sino que
abarca la totalidad del entorno donde el misterio se celebra. El pensamiento
sacerdotal debe estar empapado de una conciencia clar, el sacerdote es el
primer centinela de la casa de Dios. No es un mero gestor de un espacio
digital, sino el padre de una familia que se reúne en una casa que debe
reflejar, en cada uno de sus rincones, la dignidad del Dueño que la habita.
El presbítero, al ser configurado con Cristo Cabeza y
Pastor, recibe la misión de guiar al pueblo fiel no solo con la palabra, sino
con el ejemplo de su propia devoción. En nuestra comunidad, esto se traduce en
una vigilancia amorosa y constante sobre la parroquia. El pensamiento del
sacerdote debe estar marcado por el celo que consumía al Señor cuando purificó
el Templo, recordando que la casa de su Padre es “casa de oración”. Por ello,
el sacerdote no puede ser indiferente ante la arquitectura o el ornato de su
parroquia. Siguiendo las especificaciones del Sacrum Concilium Paulinum,
especialmente en su decreto sobre la vida y ministerio de los presbíteros, se
nos recuerda que el sacerdote es el principal colaborador del orden episcopal. El
cuidado del templo es, para el presbítero, una extensión de su propia vida de
oración. Si el sacerdote es un hombre de oración, buscará que su parroquia sea
un oasis de silencio y de belleza que invite al encuentro con el Trascendente.
No se trata solo de construir muros altos o naves espaciosas, sino de que cada
decisión arquitectónica sea tomada tras una profunda reflexión espiritual.
4. Lo que hay detrás de los bloques, la
espiritualidad de la construcción
Es fundamental que nunca olvidemos que, aunque nos
movamos entre bloques, lo que importa es lo que hay detrás de ellos. Cada esfuerzo
de construcción es una oración en sí misma. La paciencia para encajar cada
pieza, el tiempo dedicado a pensar el diseño de un retablo o la delicadeza para
iluminar una capilla, son actos de amor. Detrás de esas edificaciones está el
deseo del hombre de alcanzar lo infinito. San Pedro nos exhorta, "También
ustedes, como piedras vivas, déjense edificar como casa espiritual" (1 Pe
2, 5). En nuestra comunidad, la construcción física es el reflejo de nuestra
construcción interior. Una parroquia hermosa y cuidada es el signo de una
comunidad que tiene su alma en orden. El amor que ponemos en el cuidado de las
estructuras es el mismo amor que debemos ponernos unos a otros. No son solo
paredes; son el refugio de nuestra fe y el testimonio de nuestra esperanza.
Es imperativo que cada uno de ustedes, desde el seminarista
más reciente hasta el Obispo o Cardenal más experimentado, asuma la responsabilidad
personal de velar por nuestras parroquias. No dejemos que el desgaste del
tiempo ni la apatía arruinen las obras maravillosas que con tanto sudor han
sido levantadas por nuestros predecesores en la comunidad. Seamos verdaderos
guardianes del patrimonio espiritual y estético de nuestra Diócesis de Roma.
5. El deber de cuidar y preservar la
grandeza del amor
Tenemos el deber moral de ser custodios de nuestra
herencia. Cuidar nuestras parroquias no es una tarea opcional, es una
responsabilidad pastoral. Esto implica no solo el mantenimiento de las
estructuras, sino también el respeto por la historia de quienes las fundaron.
Muchas de nuestras iglesias han sido fruto del sacrificio de hermanos que ya no
están o que han dedicado meses de trabajo. Nuestra labor es preservar ese amor.
La grandeza de una comunidad se mide por cómo cuida sus tesoros. "Honra al
Señor con tus bienes" (Prov 3, 9), y nuestros bienes en este contexto son
estos espacios que hemos consagrado al culto. Cuidar el templo es una forma de
caridad, pues permite que otros, al entrar, encuentren un ambiente de paz y
dignidad que les facilite el encuentro con el Señor. Es nuestro deber asegurar
que las futuras generaciones reciban una Iglesia que no solo sea sólida en su
doctrina, sino también resplandeciente en su forma.
El amor por la parroquia comienza por el pastor. Si el
sacerdote ama su iglesia, si cuida los ornamentos litúrgicos, si se prepara con
esmero para la proclamación de la Palabra, el pueblo fiel seguirá su ejemplo.
Les exhorto, queridos sacerdotes, a que no se dejen vencer por el cansancio ni
por la rutina. Aunque el ministerio en esta comunidad presente desafíos únicos,
la gracia del orden sagrado que han recibido los capacita para ser verdaderos
puentes entre Dios y los hombres. Ustedes están llamados a presidir las
celebraciones con dignidad, evitando cualquier invención personal que desvirtúe
el rito romano. Asimismo, su labor como educadores en la fe es fundamental para
enseñar a nuestros fieles el valor de la obediencia, el sentido del misterio y
la importancia de preservar nuestras edificaciones.
6. La parroquia como espejo de la
Jerusalén Celestial
Finalmente, debemos entender que nuestras parroquias
son un ensayo de la gloria eterna. En el Apocalipsis se nos describe la ciudad
santa, la Jerusalén celestial, con una belleza deslumbrante. Nuestras
construcciones deben aspirar a ser un reflejo, aunque sea pálido, de esa
realidad. El sentido de la grandeza en nuestras parroquias no debe confundirse
con la soberbia, sino con la magnanimidad, dar a Dios lo mejor que tenemos.
Cuando cuidamos la estética, cuando nos esmeramos en que cada detalle litúrgico
sea perfecto, estamos educando nuestros sentidos para las realidades
invisibles. Como nos indica el Papa Pío, la belleza es el "esplendor de la
verdad". Una parroquia descuidada o construida sin amor oscurece la verdad
que predicamos; una parroquia bella y amada, la hace brillar con más fuerza
ante el mundo.
Queridos hermanos, les invito a que este mensaje no se
quede solo en palabras, sino que se transforme en un compromiso renovado.
Miremos nuestras parroquias con ojos nuevos, con ojos de amor. Que cada vez que
vean una de nuestras iglesias, sientan el orgullo de pertenecer a esta Diócesis
de Roma y el deseo ardiente de cuidarla como el tesoro más precioso.
Para concluir esta extensa reflexión, deseo
reiterarles mi compromiso total con la Diócesis y con cada uno de ustedes. Mi
corazón de pastor está abierto para escucharlos, acompañarlos y guiarles en
este hermoso camino de fe. No desmayemos en nuestra labor de amar y cuidar
nuestras parroquias. Que el Espíritu Santo, que es el arquitecto divino de la
Iglesia, ilumine nuestras mentes y fortalezca nuestras manos para que podamos
seguir construyendo moradas dignas del Rey de Reyes. Que la Santísima Virgen
María, Madre de la Iglesia y Auxilio de los cristianos, nos cubra con su manto
protector y nos enseñe a guardar todas estas cosas en nuestro corazón. A ella
confiamos el presente y el futuro de nuestra comunidad.
Se que nuestra misión es alta, pero no estamos solos.
El Señor, que comenzó en nosotros esta obra buena, la llevará a feliz término.
Que el celo por la casa de Dios nos devore el corazón y nos impulse a trabajar
con alegría por la belleza de nuestra comunidad.
Dada en la Sede de Roma, a los diez días del mes de mayo de 2026.
Con mi más afectuosa bendición y bajo el amparo de María, Madre de la Iglesia,
