MENSAJE PASTORAL | SOBRE EL MINISTERIO DE CARIDAD Y EL DON DE LA VOCACIÓN


Excmo. Sr. Mons. Gabriel Andrade

POR GRACIA DE DIOS Y DE LA SANTA SEDE APOSTÓLICA
OBISPO AUXILIAR PARA LA DIÓCESIS DE ROMA

"DE MINISTERIO CARITATIS ET DONO VOCATIONIS"
(SOBRE EL MINISTERIO DE CARIDAD Y EL DON DE LA VOCACIÓN) 

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Gracia y paz a todos ustedes de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo. En la tranquilidad de la oración, al hacer una pausa en mi camino pastoral para reflexionar sobre lo recorrido, levanto la vista hacia el cielo con el corazón lleno de gratitud. Hoy celebro el aniversario de mi ordenación presbiteral; un año desde aquel día indescriptible y solemne en que el Señor, con su infinita y misteriosa misericordia, fijó su mirada sobre mis debilidades y me ungió como sacerdote para siempre. Al conmemorar este sacramento, mi intención no es centrarme en mí, sino en la tremenda gracia que representa la vocación y especialmente en el milagro al que todos estamos llamados por nuestro bautismo: la vocación suprema al amor y al servicio.

Vivimos, celebramos y construimos día a día en un entorno particular, un mundo digital que a menudo nos asombra con la majestuosidad de sus estructuras y complicaciones, con la precisión de sus normativas y con la grandeza institucional de nuestra Diócesis. Sin embargo, queridos hermanos, corremos el riesgo de perder el sentido de nuestro llamado si olvidamos que toda esta belleza externa es vacía sin la base de la caridad. Como nos recuerda San Pablo: «Si hablo las lenguas de los hombres y de los ángeles, pero no tengo amor, solo soy un metal sonoro o un címbalo que retumba» (1 Co 13, 1). Por ello, en este día de profunda alegría espiritual para mí, quiero invitarles a reflexionar profundamente sobre el ministerio de la caridad.

 

1. La suprema jerarquía del servicio y el mandato del Cenáculo.

En el evangelio de San Juan (Jn 13, 1-17), contemplamos una escena que define para siempre la identidad de la Iglesia. Jesús, sabiendo que el Padre había puesto todo en sus manos, se levanta de la cena, se quita el manto, toma una toalla y se la ata a la cintura. El Creador del universo, el Rey de Reyes, se arrodilla para lavar los pies polvorientos de sus discípulos. En el Reino de los Cielos, el único protocolo válido y la única jerarquía duradera es la del lavatorio de los pies. El Hijo del Hombre no vino para ser servido, sino para servir y dar su vida en rescate por muchos (Mc 10, 45). Por tanto, el servicio no es solo una añadidura a nuestra vida cristiana, ni una simple actividad filantrópica ocasional; es el lenguaje fundamental del amor. Cuando amamos a Dios sinceramente, ese amor inevitablemente trasciende nuestra comodidad, transformándose en acciones concretas, en acogida y en tiempo pacientemente dedicado al otro.


2. La excelencia en la caridad y la calidad de nuestra presencia entre los hermanos.

Amar sirviendo requiere una generosidad que rechaza completamente la mediocridad. No les hablo de un servicio frío o burocrático, ni de cumplir meramente con deberes parroquiales y administrativos para aplacar la conciencia. Les pido, con urgencia pastoral, prestar un servicio verdaderamente cálido a sus hermanos. Como exhorta San Pablo: «Todo lo que hagáis, hacedlo de corazón, como para el Señor y no para los hombres» (Col 3, 23). Que los nuevos peregrinos que lleguen a nuestra comunidad encuentren no solo un informador, sino un verdadero hogar. Que, en cada construcción, diálogo o enseñanza hacia un hermano o aliento a un amigo a través del discord, actúen con delicadeza, excelencia y reverencia como si fuera al mismo Cristo. Den lo mejor de su tiempo, ofrezcan su paciencia más valiente y pongan sus talentos sin reservas al servicio del otro. El amor cristiano duele, incomoda y cuesta porque exige salir de nosotros mismos; pero ese sacrificio, ofrecido en silencio y calidad diaria del trato con otros, es lo que salva al mundo.


3. La transformación ontológica del llamado y el vacío del ser.

Al llegar aquí, reflexiono de nuevo sobre el altar donde fui consagrado. El autor de la carta a los Hebreos nos recuerda que nadie toma este honor por sí mismo, sino solo quien es llamado por Dios (Hb 5, 4). La vocación sacerdotal es un misterio de kénosis, un despojo de uno mismo. El sacerdote se desvincula de sí mismo para ser entregado a la Iglesia. Es esta misma dinámica de entrega total la que debe guiar nuestras relaciones en la Diócesis. No podemos aferrarnos a nuestro orgullo, a nuestras convicciones o a nuestro prestigio cuando un hermano necesita ser atendido, escuchado o perdonado.

La calidad de nuestra comunidad no se medirá al final por la grandeza de nuestras catedrales, sino por la profundidad de nuestra misericordia y la rapidez con la que acudimos en ayuda de quien lo necesite.
Sirvan con más amor, amados hijos. Entréguense sin medida, no escatimen en bondad y ofrezcan siempre una presencia de inmensa calidad a los hermanos que caminan a su lado. El mundo entero padece de una asfixiante abundancia de palabras vacías; nosotros, en cambio, estamos llamados a ser testimonios encarnados, vivos y palpitantes de la ternura de Dios.

Y escuchen bien: esto que les ruego hoy con tanta intensidad, esta exigencia de amar hasta que duela, no se los pide el hombre que fui. No se los exijo desde mis propios méritos, desde mi sabiduría o desde mi fuerza, ni se los digo yo, porque yo dejé de ser el mismo el día en el que el Señor pronunció mi nombre, me llamó a su altar y me transformó para siempre. Desde aquel día, asumiendo las palabras del apóstol, ya no vivo yo, es Cristo quien vive y respira en mí (Ga 2, 20), y es Él quien anhela, con sed infinita, servirles a través de mis manos.

Que el fuego inextinguible del Espíritu Santo encienda en sus corazones una pasión arrolladora por los más pequeños, y que la Santísima Virgen María, Madre de los Sacerdotes y humilde Esclava del Señor, les enseñe la inmarcesible belleza de una vida donada hasta el extremo.
A modo de exhortación final, quiero dejarles un ruego que anhelo quede entre ustedes y lo más profundo de este ser “dual”.


Con mi más profunda devoción, mi bendición apostólica y mi inquebrantable amor de padre y pastor, en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo.
 
Dado en la Sede de Roma, a los diez días del mes de julio del Año del Señor dos mil veintiséis.
Mons. Gabriel Andrade
Obispo Auxiliar

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